Una nota de El País madrileño anuncia la aparición de un nuevo título en España acerca de La Ilíada. Dice el autor de la nota (que se puede leer completa aquí) que "El legado de Homero de Alberto Manguel viene muy amena y admirablemente a recordarnos cuántos encantos guardan sus resonantes poemas y cómo a lo largo de los siglos han dejado una estela sin igual, con incesantes ecos en nuestra tradición literaria. Los héroes y los dioses de Homero, tan lejanos en el tiempo, resultan asombrosamente familiares, y uno puede apasionarse con los viajes del taimado Ulises o emocionarse en el final de la Ilíada. Como antes lo hicieron tantos escritores evocados en estas páginas. Si bien no hubo en nuestra literatura ese infinito fervor homérico que se da en la inglesa (ver G. Steiner, Homer in English), todas estas últimas y expertas traducciones vienen a acreditar el interés actual, en el horizonte renovado por la arqueología de la histórica Troya."
Voy con mi ofrenda lenguaraz. Con mi piel de oruga a un mundo donde todo ha de dolerme, hasta la felicidad. Con estos mismos nervios voy con mi corazón y con mi fiebre. A parir mi barbarie.
Leo mis cartas familiares con cierto tacto. Tacto y no recato: leo esas palabras a la luz del día, no las escondo, me las apropio de algún modo. Las toco, las acaricio, las increpo, marco con lápiz en los bordes los pasajes de mayor intensidad. Y sé que la ucronía es sinsentido, pero cómo evitar el "qué hubiera pasado si..." cuando una ya conoce el final. Eso no pasa en las novelas, donde a la hoja de ruta la traza el autor. Tacto frente a la tinta y el lápiz. Tacto al pasar cada hoja pequeña, alguna más traslúcida que otra y así… un devenir de relato en palimpsesto. Tacto al cotejar esa memoria escrita con los relatos que me llegaron, desde la tierra lejana de mi infancia. Con las historias que hicieron de mí esta historia que en parte soy. Tacto y no recato y, sí, en cambio, una cierta delicadeza para con esa palabra otra que construye intimidad para un lector fantasma: Ulises in fabula. Ella le dice a él: para que no olvides tu sitio. Y él le asegura: dondequiera que vaya.
“Habiéndolo dejado por primera vez a los treinta y un años, después de más de quince de ausencia, el placer melancólico, no exento ni de euforia, ni de cólera, ni de amargura, que me daba su contemplación, era un estado específico, una correspondencia entre lo interno y lo exterior, que ningún otro lugar del mundo podía darme. Como a toda relación tempestuosa, la ambivalencia la evocaba en claroscuro, alternando comedia y tragedia. Signo, modo o cicatriz, lo arrastro y lo arrastraré conmigo dondequiera que vaya. Más todavía: aunque trate de sacudírmelo como a una carga demasiado pesada, en un desplante espectacular, o poco a poco y subrepticiamente, en cualquier esquina del mundo, incluso en la más imprevisible, me estará esperando.”