
Por Silvina Friera, desde Leipzig
La calle Beethoven canta su mantra. Esta ciudad suda melodías después de haber festejado, con bocinazos, cerveza en altas dosis, banderas y remeras tricolores, la clasificación de la selección alemana a octavos de final. Acá también se vive el Mundial con pasión. Ya no hay gestos adustos, el horizonte ya no es negro: todos contentos. El sol de verano llegó para quedarse. El moderno edificio de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Leipzig comienza a desperezarse. En el tercer piso un afiche de Borges indica el camino hacia el recinto donde especialistas del mundo continuarán intercambiando figuritas sobre la poesía del autor de Fervor de Buenos Aires. Apenas aletea un viento silencioso. Hace calor.
La genealogía de la imaginación de Ricardo Forster suministra una bocanada de aire en el río de la crítica académica. Se asiste a la cumbre de insospechada perfección. Borges y Walter Benjamin pudieron haber sido contemporáneos. Sus pasos pudieron haberse cruzado en aquella Suiza que los cobijó mientras Europa se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra. “Sus lecturas urdieron una trama cosmopolita, sus ojos fatigaron, hacia todas las direcciones, la tradición de Occidente”, dice el filósofo. El tema de estas variaciones que involucran a estos gigantes del siglo XX es la ciudad como escritura y la pasión de la memoria.
La genealogía de la imaginación de Ricardo Forster suministra una bocanada de aire en el río de la crítica académica. Se asiste a la cumbre de insospechada perfección. Borges y Walter Benjamin pudieron haber sido contemporáneos. Sus pasos pudieron haberse cruzado en aquella Suiza que los cobijó mientras Europa se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra. “Sus lecturas urdieron una trama cosmopolita, sus ojos fatigaron, hacia todas las direcciones, la tradición de Occidente”, dice el filósofo. El tema de estas variaciones que involucran a estos gigantes del siglo XX es la ciudad como escritura y la pasión de la memoria.
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