
Durante mucho tiempo creí que el destino se iba trazando por conspiraciones de efectos transformados en causas. Que lo fortuito era comprender que nada era fortuito. Y que no había pasaje sino de ida hacia la aventura de esa comprensión intransferible.
Lo que en principio podía tratarse de una confianza metafísica, por así llamarla, -y, por cierto, tranquilizadora- , se transformó en un ejercicio de atención aplicado a la lógica intrínseca que los eventos iban revelando a medida que se manifestaban. El pensamiento de
Deleuze fue iluminador en ese y otros sentidos, al desechar la idea de trascendencia a favor de la de
inmanencia.
La experiencia es todo. Por empezar, un trabajo. O una faena, mejor, si consideramos el gasto corporal que demanda la producción de la vida: sangre, sudor y lágrimas.
Un compromiso de los sentidos que produce
afectos, siguiendo a
Spinoza y, en sus derivas, un hacer (
poiesis) y una política. Un
ethos (hogar) donde hacen cimiento nuestras acciones individuales. Y nuestra propia libertad, en la encrucijada de los planos múltiples del
estar siendo.