16 de septiembre de 2011

Dolor de hogar


Quienes han debido partir, dejando atrás el territorio de la infancia _que muchas veces coincide con el de la lengua, su patria, al decir de Pavese_, saben de esta dolencia particular que no se cura con el tiempo.
Milan Kundera, en una novela hermosa y triste, transcribe y explica los distintos nombres que en diversas lenguas de occidente designa a esta "enfermedad" del alma: el dolor del hogar.
Aquí va un fragmento de los primeros tramos de "La ignorancia", un libro sobre el regreso, esto es: la odisea.

"En griego, "regreso" se dice nostos. Algos significa "sufrimiento". La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia), y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos "añoranza"; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heinweh, o en holandés heinwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño.
Los checos, al lado de la palabra "nostalgia" tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi potobe: "te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia". En español, "añoranza" proviene del verbo "añorar", que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia.
Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Algunas lenguas tienen alguna dificultad con la añoranza; los franceses sólo pueden expresarla mediante la palabra de origen griego (nostalgie) y no tienen verbo; puede decir: je m´ennuie de toi (equivalente a "te echo de menos" o "en falta"), pero esta expresión es endeble, fría, en todo caso demasiado leve para un sentimiento tan grave.
Los alemanes emplean pocas veces la palabra "nostalgia", en su forma griega y prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido (una nueva aventura), por lo que no implica necesariamente la idea de un nostos: para incluir en Sehnsucht la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Senhsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).
La Odisea, la epopeya fundadora de la nostalgia, nació en los orígenes de la antigua cultura griega. Subrayémoslo: Ulises, el mayor aventurero de todos los tiempos, es también el mayor nostálgico."

(La ignorancia, págs. 11 a 13, TusQuets, Buenos Aires, 2000).

*Ilustración: Los inmigrantes, obra de Rodolfo Campodónico, extraída de este sitio





8 de septiembre de 2011

Aguas profundas

El sueño de Ulises

15 de julio de 2011

Flaneurs


En el casco histórico de Quito, este verano. La calle (La Ronda) se despliega sinuosa y pródiga a pequeños restaurantes y bares en lo que fuera la zona bohemia de la capital ecuatoriana. Después de la medianoche se abren las cantinas con ofertas de karaoke y salsa. Cenamos tempranito para zafar del bullicio y aparece un dúo de musiqueros terciando alguna típica con un bolero _Manzanero for ever and for export_ para los turistas.

Es imposible ya pensar un mundo que no esté preparado para los que andamos de paso. El efecto es paradójico: viajamos para conocer y nuestros anfitriones intentan que nos sintamos "como en casa".

Esto me hace pensar en Benjamin y su "Infancia en Berlín hacia 1900", un texto escrito con los nazis pisándole los talones, en el que evoca y reconstruye la ciudad como un flaneur de su propia memoria. ¡Esos son viajes!

9 de julio de 2011

Qué hago yo aquí



Cuenta el escritor Juan Forn que el escocés Bruce Chatwin se hizo nómade porque se estaba quedando ciego de mirar de cerca: era marchand en la casa central de Sotheby’s en Londres. El médico le dijo: “Lo que usted necesita son horizontes abiertos donde perder su mirada. Quizás así recupere la vista”. Chatwin dijo que un nómade es aquel que va adonde lo lleva el viento y reemplazó la pregunta “quién soy” por la perplejidad del “qué hago yo aquí”. Según Chatwin, regresar equivale a encontrar lo más importante que se haya perdido o dejado en el camino. “El regreso ofrece una plenitud de sentido que la ida sola no tiene, pero no siempre se tienen ganas de regresar”, dijo.

25 de junio de 2011

Un mundo para pocos

 

Europa reintroduce las fronteras internas


En casos excepcionales, los miembros de la UE podrán reinstaurar controles limítrofes de forma temporal. La medida se tomó tras insistentes pedidos de Francia e Italia por la ola migratoria del norte de África.

La noticia no puede sorprendernos: Europa aumenta las restricciones para el ingreso de inmigrantes. Europa vuelve a ser Europa o, por lo menos, se reafirma en la construcción de ciertos consensos. La soberanía siempre entraña una hipótesis de guerra: la de un enemigo posible o real.  Construye, pues, un consenso respecto a este sujeto plural, desterritorializado, amenazante: la nueva barbarie. Mientras, puertas adentro, la tierra tiembla ¿adónde irán sus propios desterritorializados por la globalización?

5 de junio de 2011

Hospitalidad




"Desde tiempos remotos, nos orgullecemos de practicar la ley de hospitalidad." (Homero, Odisea, canto I)

19 de abril de 2011

Memorias migrantes


Comparto con ustedes esta nota aparecida en Página 12 y que me acercó mi exquisita amiga Gloria Borioli.


Un viaje de tres siglos

La autora, tomando el caso de la Argentina, señala que los aspectos traumáticos de la migración, cuando han sido silenciados en las familias, perduran silenciosos, “encapsulados en la estructura familiar inconsciente, y se trasmiten de una generación a otra en busca de un portavoz que pueda reproducir el conflicto”.
 
 Por Ana Rozenbaum de Schvartzman *

La migración es un fenómeno recurrente y tan antiguo como la humanidad –Adán y Eva emigran del paraíso por el deseo de saber–, pero ¿qué consecuencias lega la migración de los padres a la generación de los hijos? En la Argentina hubo dos grandes corrientes inmigratorias. Una es la que llegó de Europa hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Eran personas marginadas, campesinos o con oficios heredados a través de generaciones, que querían cambiar su futuro. La otra corriente inmigratoria se produce en la primera mitad del siglo XX como consecuencia de las guerras mundiales. Estas personas llegaban en busca de un lugar que les restableciera la identidad y les permitiera desarrollarse en paz. Eran también marginados y desposeídos, pero además se trataba de seres maltratados por la violencia social. Los unos y los otros concentraron sus esfuerzos en la supervivencia, en borrar rastros de sufrimientos pasados; el objetivo estaba puesto en los hijos, que debían llegar a ser profesionales respetados en la nueva tierra. El mandato era: comer y estudiar.
Los de la primera inmigración pudieron mantener un pasado que siguió funcionado como ideal perdido; solían recordar con nostalgia su lugar de origen y las pérdidas sufridas y con el relato podían reparar parte del desarraigo. Pero los de la segunda corriente inmigratoria –víctimas o victimarios de ambas guerras– muchas veces establecieron el silencio: mantuvieron negado el pasado, representante de lo siniestro, de lo no pensable y no decible. En un vano intento de preservar a sus hijos de todo dolor, estimularon el conocimiento hacia afuera pero anulando el conocimiento hacia el adentro de la historia familiar: por culpa, por vergüenza, por miedo. Pero no por ello han de cesar los efectos, más allá de las generaciones. Estos diversos modos de tramitar la migración quedan inscriptos en el discurso familiar y se transmiten a los descendientes.

Los primeros inmigrantes llegaron al país de “Gobernar es poblar”. Pero ya en las primeras décadas del siglo XX se pone fin a esa política, debido en gran parte al temor de que se produjera un desborde social; la mitad de la población era extranjera. Las condiciones que encontraron los de la segunda corriente inmigratoria iban a ser muy diferentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, los sucesivos gobiernos obstaculizaron el ingreso de las víctimas, muchas de las cuales tuvieron que entrar con nombres cambiados. Esto puede teñir nuestra indulgencia a la hora de comprender el “silencio de los inocentes” que, después, preservaron.

Ya en el libro de Jeremías, del Antiguo Testamento, se afirma que “los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tendrán la dentera”. Freud, en Moisés y la religión monoteísta, señala que “la herencia arcaica del hombre no abarca solo predisposiciones sino también contenidos, huellas mnémicas de lo vivenciado por generaciones anteriores”. En la constitución psíquica de ciertos sujetos, la historia de sus antepasados, en segunda y tercera generación, se revela con un peso y una eficacia que trasciende la historia vivida por el sujeto. Así, los hijos de sobrevivientes de las persecuciones nazis soportan los residuos del traumatismo de sus padres, que a menudo hipotecan, no sólo sus vidas, sino su rol de padres frente a sus hijos, los de la tercera generación.

El sentimiento de culpa del superviviente es un clásico en la literatura sobre los campos concentracionarios. Es la culpa del inmigrante, del refugiado, del exiliado; al trauma de la pérdida se le agrega otro elemento extremadamente perturbador: la culpa por la supervivencia frente a los que no han podido salvarse (véase El telescopaje de generaciones, de Haydée Faimberg, escrito en relación con la historia de un paciente cuyos familiares habían sido víctimas del Holocausto). La situación traumática no elaborada queda encapsulada dentro de la estructura familiar inconsciente y es trasmitida de una generación a otra en busca de un portavoz que, por su estructura, pueda reproducir el conflicto. “La carta siempre llega a destino”, dijo Lacan, aun si el destinatario no ha sido instituido como tal por el emisor.

“Eres adoptado”

El sujeto que se enfrenta a una migración queda expuesto a un fenómeno extremadamente complejo, que pone en riesgo, aunque también en evidencia, la identidad. Hay que reconocer que, entre los factores determinantes de la identidad, el lugar de origen adquiere una importancia casi genética. En el DNI figuran primero el nombre y el apellido; segundo, la fecha de nacimiento; tercero, el lugar de origen, la nacionalidad, incluyendo la pregunta de si se es argentino naturalizado, como si se dijera: por adopción. Expresiones como “país adoptivo” se usan a menudo para personas cuyas vidas transcurren fuera del país de origen. Cuando la adopción metafórica por migración se ha sumado a la adopción literal, como en el caso de Edipo, las consecuencias no siempre son felices.

Todo inmigrante necesita un espacio potencial que le sirva de lugar y “tiempo de transición” –en los términos que planteó el psicoanalista Donald Winnicott– entre el sitio de origen y el nuevo, que le brinde la posibilidad de vivir la migración “como un juego”, que respete la ilusión de “lo encontrado-creado”. Es decir, todo inmigrante necesita encontrarse con una madre tierra “suficientemente buena”. Los años pasaron, nacieron hijos argentinos. Como dijo Hannah Arendt, “la historia es un relato que no cesa de comenzar”. Algunos crecieron escuchando relatos, y tal vez se fastidiaban: “Otra vez con esas historias...”; otros crecieron en el misterio de los silencios, los duelos postergados. La voz de las generaciones transmite a partir de lo dicho y de lo no dicho.

* Miembro titular con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

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